Desde que el Queen Mary lleva atracado en las costas de California más de 40 años y que para ser azafata de vuelo sirven como credenciales las cartillas “Rubio”, viajar ya no es lo que era. Hoy día, el viajero siente la sensación –más bien, la imposición— de que para viajar hay que sacrificar muchas cosas: comfort, espacio, equipaje, y a veces, hasta la dignidad. Por eso yo les propongo, queridos míos, que nos dejemos de “rayaneres”, sobrecargos malfolladas, salas de espera masificadas y tapicerías de polifibra ignífuga. Viajemos como antaño, con la certeza del que viaja es un privilegiado; y para esto no hace falta coger un barco, un avión o un tren… ya verán. Yo viajo constantemente: dentro de mi armario cada mañana, del día a la noche, de un hombre a otro, en una biblioteca, o en un salpicón de marisco… El viajero ávido se cultiva, se nutre, se excita y se enriquece cada día. El viajero voraz, hasta rejuvenece. Y una, que lleva ya muchos años por las carreteras de la vida, curtida en andenes, alforjas y tuktuks desvelará para los lectores de este, mi querido espacio, los entresijos del savoir voyager. Hablaremos de cual es la taza de café más codiciada de Milán, de las mejores alpacas de Saville Row o de dónde hospedarse en Bariloche. Pero no se piensen que esto va de trasnoche carrinclón y falso glamour…¡qué va! También hablaremos de los culitos respingones de los surferos de playa Montañita, de dónde queda el último fumadero de opio de Hong Kong, o de cómo consiguen algunos una visita privada al monasterio de Monte Cassino. Siempre desde la perspectiva del mejor compañero de viaje,… ¿el dinero de mi difunto marido? No, el humor.
Muchas ganas de empezar a saber sobre tus viajes!