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Cultura, Eventos 12.10.10

LA NUEVA CARMEN DEL METROPOLITAN

Por La Tía Perla

No hay cosa que me divierta más que las noches de ópera. Los devaneos de palco a palco, los brillantes en ristra como cabezas de ajo, los encuentros furtivos en los intermedios… Por eso, de octubre a mayo, una vez por mes, me cuelgo el zorro argenté del hombro e invito a mis sobrinos a un palco en el Met. Me encanta ser la envidia del grand tier rodeada de jóvenes jugosos oliendo a orquídeas frescas de Tom Ford y no de carcamales enfundados en smoking raídos apestando a eau de naftaline. Y si algo tiene de bueno la Metropolitan Opera de Nueva York, es que es tan democrática como la ciudad que la alberga. Los tickets van desde $350 (para los empedernidos que gustan de verles los empastes a los tenores) hasta $25, para que el estudiante bohemio no tenga que dejar de comer una semana. ¡Así que no me digan que la cultura es cara! Hasta se pueden conseguir tickets de pie por $15 – nada  recomendables en mi opinion pues tengo una amiga que compró estos tickets para la trilogía de Wagner y aún está extirpándose varicosidades.

Anoche fuimos a ver “Carmen”: ese clásico, ya no tan clásico en esta nueva adaptación, que propone el británico Richard Eyre y que sustituye a la trasnochada y torpe producción de 1996 de Franco Zeffirelli. Por segundo año consecutivo, el Metropolitan sigue sorprendiendo y abarrotando cada representación con esta innovadora versión en la que Eyre nos transporta más un siglo en el tiempo. En vez cortejada por soldados fernandinos de 1830, Carmen aparece rodeada de oficiales de la benemérita en una Sevilla de posguerra que le queda como anillo al dedo. La mezzo húngara Viktoria Vizin, borda el cáracter de la gitana Carmen y nos ofrece una habanera mucho más creíble, mientras aclara su delantal de tabaquera en un barreño, dejándose de cursis contoneos que nada van con esta nueva época. Aunque hay que reconocer que anoche la Vizin se vio ensombrecida por su contraparte, la campesina Micaela en la obra, interpretada por la soprano surcoreana Hei-Kyung Hong, que estuvo simplemente soberbia.

Pero la creación del señor Eyre se vería mermada sin la escenografía  de Rob Howell, que es de una elegancia aguda. Con un astuto juego de cilindros concéntricos, que rotan uno dentro del otro, se consiguen recrear los cuatro escenarios de los actos: la tabacalera, la fonda, las ruinas a las afueras de Sevilla y la plaza de toros. Ésta última, por fuera y por dentro. Digno también de mención es el vestuario, que no escatima en encajes, trajes de luces y picadores con garrochas, como era de esperar, pero que sorprende con la veracidad de los personajes más mundanos: los transeúntes, los apoderados, las trabajadoras de la fábrica, los huérfanos y, sobre todo, los guardias civiles. Y sinceramente, creo que este lavado de cara le viene muy bien al libretto, ya que los actores (que aunque canten como ángeles, no dejan de ser actores) se explayan en representar una cara mucho más cruda, realista y probable de la historia. Las peleas, los zapateos y los fornicios suceden en un plano sorprendentemente cercano y familiar.

Eso sí permitanme un desbarre en contra del director de casting. Yo entiendo que esto es Nueva York, que hay que estar a todas y que hay salvedades inevitables ya que los eufemismos de lo políticamente correcto imperan, pero oigan… ¿¿¿cuándo se ha visto un guardia civil negro??? ¿¿¿O un bandolero chino???  Hay cosas que no.

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  1. De sobrino pepe,

    que bien lo pasamos! efectivamente Carmen, a pesar de su infeccion en la garganta, estuvo soberbia.

    besotes!

  2. De maniquiparisien,

    Eau de Naftaline? Ésa no es la que usaba el tío Natalio? El pobre, cada vez que se ponía su chaqueta y caían cuatro chispinas de agua, que no de jamón de York, tenía que correr a casa para no apestar a las multitudes wannabe on the vip corner.

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